miércoles, 29 de marzo de 2017

'Cogito, ergo ¡Pum!'

Orlando Sierra Hernández (1959-2002) Periodista colombiano, Licenciado en Filosofía por la Universidad de Manizales y subdirector del diario La Patria de la misma ciudad. Escribía en el mismo diario su columna 'Punto de Encuentro' desde donde denunciaba las practicas corruptas y electoreras de la clase política tradicional de su ciudad y departamento. Fue un lector compulsivo y un eterno aspirante a escritor, que tuvo en su haber un centenar de poemas y cinco novelas inéditas. Murió el 1 de Febrero de 2002. Desde Preludio al Paraiso, queremos ofrecer un humilde homenaje a su faceta de escritor, poeta y novelista, reproduciendo este artículo escrito en la revista CROMOS con motivos de los diez años de su asesinato.

 'Cogito, ergo ¡Pum!'


Me estoy acordando hoy más que nunca de una frase célebre, pronunciada por una condesa italiana al enterarse de que Benito Mussolini, el Duce, había determinado que su país entrara en la guerra. Me refiero a la Segunda Guerra Mundial, claro. “Si aquí no nos damos prisa en perder, va a ocurrir una catástrofe”, dijo la buena señora. Pues bien, pasa igual en esta charca estancada que es Caldas.

Si los de la oposición siguen por sus fueros, mal van a parar sus huesos, que acá eso de dar batalla se paga caro. De manera que el asunto se resuelve más fácil si se dan a la tarea de perder rapidito y dejan de hacer sudar la gota gorda a los poderosos; así se ahorra la catástrofe: no ver la honra hecha una cochambre y desollada viva toda aspiración. Ahí está el caso, para no ir muy lejos, de Luis Alfonso Hoyos. Desafió a los dioses del olimpo político de esta tierra y terminó en la hoguera crepitante de la coalición. Quemado, y con leña verde.

Y es que acá tomar partido por el bien, es estar fuera de onda. Si Galileo Galilei fue reo de haber visto girar la tierra en torno al sol, según dice el poeta José María Valverde; acá sucede otro tanto: la oposición es rea de levantisca, de querer cambiar este baile que vienen bailando la misma pareja hace 30 años. Para la coalición, el infierno son los otros, de modo que hay que ponerlos en la parrilla, a que se asen en sus jugos por irreverentes. ¿Qué se han creído?

Por supuesto que me ha dolido lo que le sucedió a Luis Alfonso Hoyos. Creo en su honestidad; aunque es inobjetable que se equivocó, así fuera por hacer un favor y que ello le ha costado la cadena perpetua de la muerte política. Su equivocación es sin duda ínfima frente al rosario de pecados de algunos de sus detractores; pero ella ha bastado para pasarle la cuenta de cobro por ser el chico difícil de nuestra política doméstica; por porfiar en la oposición en vez de aceptar algunas migajas de los dueños del poder.

Su muerte política, cambia el mapa electoral de Caldas. La coaliuentroción de Yepes y Barco ya no tiene mucho de qué preocuparse, por ahora. Con Hoyos se han cobrado la pieza mayor en su cacería de opositores. A la oposición, cuando se le desprecia, hay que comprarla, doblegarla o liquidarla. Esto último, claro, no como antes: el matón, el tiro en la nuca, el chorro de sangre y la huida en la moto. Eso es arcaico en política. Una demanda hecha con filigrana, una interpretación magistral de los magistrados y al asfalto, chico. Fuera contigo. Te vi estorbo.

En un graffitti, en Europa, un ángel del buen humor transformó la célebre sentencia del filósofo Descartes, “Cogito, ergo sum” (pienso, luego existo), por “Cogito, ergo ¡pum!”, para significar el riesgo que representa ir contra la corriente. (Pienso, luego ¡pum!) ¡Pum! A callar, chitón, a lo tuyo capullo, a otra cosa mariposa. ¡Pum! ¿Dios mío, por qué no me hiciste, como a tantos de esta tierra, un poco más cobarde y resignado? Yo también, lo confieso, le temo al ¡Pum!

Pero al margen de disquisiciones personales, vaya una rápida explicación política de lo que sucede. En política nada es inocente. El caso es que acá las acciones de la coalición venían a la baja. ¿De dónde sacar otro Luis Alfonso Arias de bolsillo para oponerle a Hoyos en el 2003? Difícil tarea. Por eso lo mejor era dejar cuanto antes fuera de combate a la piedra en el zapato, de modo que no tuvieran sobresaltos en el futuro, tal y como lo tuvieron el año pasado.

Sucede que con el achique burocrático ordenado por la Ley 617, el antiguo solomo de los puestos es hoy huesito de nada, y por tanto ya no gancho electoral. De ahí el ansia de los políticos tradicionales por abrirse paso en la llamada democracia social: las universidades, las acciones comunales, Confamiliares, las ligas deportivas, las asambleas de dueños de propiedad horizontal (hay porteros que colocar), etc. quieren establecerse allí para contrarrestar lo perdido en la administración, de cuyas generosas ubres se amamantaron siempre.

Norberto Bobbio, el gran teórico político, refiere esta práctica en el libro “El futuro de la democracia”. De modo que la apuesta de los politiqueros es acaparar todos los espacios posibles donde haya algún presupuesto (Confamiliares, la Universidad de Caldas, etc.) y algunos puestos. Y para que la cosa salga redonda, ¡Pum! a la oposición, ¡Pum¡ al pensamiento; ¡Pum! a las disidencias; ¡Pum! a quienes quieren sobresalir al margen de los Barcos y los Yepes y los Tapasco y hasta la nueva casta de la élite política, los Jaramillo, o las Jaramillo de Supía. ¡Pum! ¿Será que nunca les va a salir el tiro por la culata?

ORLANDO SIERRA HERNÁNDEZ
Columna publicada el 12 de agosto de 2001 en el diario La Patria, de Manizales

martes, 28 de marzo de 2017

Homenaje a Orlando Sierra

Orlando Sierra Hernández (1959-2002) Periodista colombiano, Licenciado en Filosofía por la Universidad de Manizales y subdirector del diario La Patria de la misma ciudad. Escribía en el mismo diario su columna 'Punto de Encuentro' desde donde denunciaba las practicas corruptas y electoreras de la clase política tradicional de su ciudad y departamento. Fue un lector compulsivo y un eterno aspirante a escritor, que tuvo en su haber un centenar de poemas y cinco novelas inéditas. Murió el 1 de Febrero de 2002. Desde Preludio al Paraiso, queremos ofrecer un humilde homenaje a su faceta de escritor, poeta y novelista, reproduciendo este artículo escrito en la revista CROMOS con motivos de los diez años de su asesinato.


 La cara oculta de Orlando Sierra


El video de la cámara de seguridad registra una fracción del momento: el sicario espera frente a las antiguas instalaciones del diario La Patria, en pleno centro de Manizales, resguardándose, paciente, tras un puesto de dulces. A la 1:55 de la tarde de ese 30 de enero del 2002, Orlando Sierra Hernández –subdirector del diario La Patria, de Manizales, 42 años, nariz aguileña y rostro adusto–, regresa caminando junto a su hija Beatriz, con quien ha salido almorzar al lugar de siempre. Las imágenes de la cámara no muestran al periodista ni a su hija; se ve, por el contrario, al sicario que los observa, el tráfico de esa hora, la gente que camina apurada. Se ve cuando el hombre atraviesa la cebra que separa las dos calles y luego se pierde. El resto hay que reconstruirlo con las voces de los testigos: en la entrada de La Patria el sicario empuja a Beatriz y dispara una vez. Orlando cae. En el suelo recibe un impacto más, esta vez en la cabeza, mientras el sicario aprovecha para huir. Hay un barullo grande hasta que logran montarlo en un taxi y enfilan hacia el hospital. Luego de dos días de inútiles esfuerzos por mantenerlo vivo, Orlando muere. Diez años después del asesinato, la sombra de la impunidad aún cobija el caso: los autores materiales fueron sistemáticamente asesinados, los intelectuales continúan sin identificarse y hace apenas un par de meses la fiscal Myriam Doris Castro promulgó una resolución acusatoria contra el principal sospechoso, el político liberal Ferney Tapasco. Más allá de eso, poco. Quizás lo que se publique ahora con motivo del aniversario de su muerte, para aplazar su olvido; el del periodista, claro, pero también el del escritor.

El novelista engavetado

Porque aunque mucho se ha hablado sobre las denuncias que motivaron su asesinato, poco se ha dicho acerca de una faceta conocida sólo por amigos cercanos: la de novelista. En el momento en que el sicario apretó el gatillo, Sierra tenía cinco novelas inéditas (Para justificar a William Blake, El club de la corbata roja, La estación de los sueños, La maldición del oráculo y La copia del muro de Berlín) y tres libros de poemas publicados, uno de ellos de su propio bolsillo.

Ahí, en sus palabras, Orlando dejó regadas pistas para comprenderlo; en novelas autobiográficas como Para justificar a William Blake, donde relata la etapa de su vida que pasó en un burdel, o en La copia del muro de Berlín, en la que cuenta cómo sus padres, agobiados por tantas peleas, decidieron levantar un muro que dividiera su casa en dos. En esas páginas hay miedos, obsesiones, deseos, frustraciones, dolores, redenciones.

Ahí, en esos libros que aún no se publican por disputas de derechos, uno alcanza a dibujar un bosquejo suyo:
“La nostalgia es el perfume más fino. El olor del humo, el de la mierda de vaca y el del orín de las bestias son los aromas de mi infancia. El olor del pasto niñito y de la leche caliente también los tengo presentes. Mis manos rozan un pino y su piel rugosa hace que mis dedos vuelvan a ser chicos, rosáceos, leves. Mis ojos ven un caballo y como un purasangre Canario se viene desde el inconsciente y salta a la memoria, conmigo montado a pelo en su lomo”.

De recuerdos como este están hechas sus dos obras más sentidas: La copia del muro de Berlín y Para justificar a William Blake. Dos textos autobiográficos en los que Orlando se desarma y muestra aspectos de su infancia campesina y pobre; de la compleja relación que mantuvo siempre con su madre, una mujer estricta que lo crió con mano dura; de la parquedad de su padre, el domador de caballos que apenas musitaba palabra; de su trato con las putas, con quienes vivió durante seis meses luego de que lo expulsaran del seminario, adonde había ido a parar no por vocación eclesiástica sino por el simple hecho de querer salir de Santa Rosa (Risaralda) y conocer Bogotá; de su afición por el fútbol y su devoción a la escritura, y, finalmente, de sus críticas a esa Manizales de alta alcurnia que vive de las apariencias. “Manizales era una aldea próxima a las nubes, en donde el verde de las montañas por los cuatro costados hacía que el pensamiento no volara, por lo que cualquier posibilidad de avanzada se estrellaba contra los tupidos bosques en las alturas, o más arriba aún, contra las nieves perpetuas del Nevado del Ruiz”, escribió en El club de la corbata roja.

Aunque probó la ficción con tres obras –El club de la corbata roja, La maldición del oráculo y La estación de los sueños–, sin duda la que mejor logró fue esta última, escrita gracias a una beca que le concedieron para pasar una corta temporada en Saint Nazaire, Francia. Las otras dos son novelas de aprendizaje; pero, como me dijo el escritor Octavio Escobar –uno de los pocos a quien Orlando confiaba sus textos–, Sierra fue siempre un lector juicioso, de esos que entraba a los libros con lupa en mano. “Solía contarme con detalle, por ejemplo, cómo presentaba los personajes André Malraux”. Y a pesar de que La corbata roja fue su novela más querida, apenas se publicaron un par de capítulos en el Papel Salmón, el suplemento literario de La Patria, pocos días después de su muerte.

¿Por qué no se ha publicado el resto? La respuesta parece tenerla su hija Beatriz, quien, dicen, se ha negado a ceder los derechos de publicación a pesar de las repetidas insistencias. La versión de ella es diferente: “Voy a ser muy franca –dice al otro lado de la línea desde Pereira, donde vive–: desde que mataron a mi papá a mí no me gustaron muchas de las cosas que hizo Gloria Luz, su novia. Ella se quedó con el original de El club de la corbata roja, que ya tenía impreso y listo para enviar a una editorial, y cuando se lo pedí me devolvió una copia. Eso no me gustó. Pero yo no tengo nada contra la publicación; al contrario: me encantaría que pasara porque eso fue algo que mi papá siempre quiso. Si alguna editorial se interesa y me llama, yo hablo con ellos, pero tendría que ser sin Gloria Luz, que ella deje de ser intermediaria”.

Una forma silenciosa de gritar

Fue precisamente Gloria Luz Ángel, la novia de Sierra al momento de la muerte, quien me facilitó sus obras. Dos años llevaban juntos luego de que él se divorciara de su primera esposa, Luz Estela Gómez (a quien dedicó La estación de los sueños), y ella completara varios años de viuda. Se habían visto por primera vez por allá en el año 86, cuando Orlando llegó a La Patria y lo mandaron a entrevistar a la directora de la Casa de la Cultura de Manizales y él, con esa altivez que da la juventud, le contestó a su jefe que estaba muy ocupado. “¿Usted sabe a quién le está diciendo que espere? –cuenta Gloria Luz que le dijeron–. ¡A la esposa de uno de los dueños del periódico!

Gloria Luz –de facciones finas y una amabilidad que desarma–, me pasó en formato digital las cinco novelas de Orlando y una amplia colección de sus poemas de los cuales, dice, su favorito es Certeza (Ahora que sé / que el aire más puro que respiro / es el que viene de tu aliento / reconozco que te amo).

Al tiempo que conversaba con sus amigos más cercanos, antiguos compañeros de trabajo y de la vida, comencé a leer con avidez. De entrada, me sorprendieron dos cosas: la prosa fluida, alejada de pretensión alguna, y la terrible ortografía que lo llevaba a cometer errores infantiles. La escritura como necesidad, como algo que va más allá de la tan común pretensión de “verse publicado en letras de molde”, como él mismo escribió en alguna columna, me la confirmó días después Antonio Leyva, poeta y amigo del alma, al calor de una cerveza en un bar de Manizales.“Tenía claro que no escribía para ganar notoriedad social, por eso dejó de publicar. Escribía porque era una forma silenciosa de dar alaridos, de gritar, pero sabía que con eso no se iba a ganar el Premio Nobel”, me dijo con su voz carrasposa.

Varios amigos coinciden en que Orlando fue mejor poeta que narrador y mejor periodista que escritor. Pero siempre, durante toda su vida, buscó refugio en las letras. “Era desesperado por la lectura. Todo lo que tuviera letras era importante para él. Mantenía llenos los bolsillos de papeles con pequeñas lecturas que encontraba en la calle”, recuerda su madre, doña Marina Hernández, en una crónica que publicó La Patria un día después de su entierro.La poesía lo atrapó primero. Muy joven, a los 19 años, publicó Hundido en la piel. Luego vendrían otros dos libros de poemas y más tarde, a finales de los ochenta, se dejó seducir por el periodismo. Poco a poco fue escalando hasta convertirse en subdirector de La Patria y en la voz más respetada de Caldas gracias a su columna Punto de encuentro, que publicó por primera vez el 13 de junio de 1993 y mantuvo durante ocho años, hasta el día que lo mataron. De manera paralela redactó sus novelas, que corregía y revisaba una y otra vez con la pasión de quien sabe que la escritura es una necesidad de vida, como comer o respirar. En esas estaba, precisamente, cuando lo encontró la muerte.

“Quiero ganarme su autógrafo”

Quienes lo conocieron suelen estar de acuerdo en que era un gocetas, que amaba la vida profundamente, que tenía un sentido del humor a prueba de todo, que era dueño de una memoria prodigiosa y que con la misma facilidad con que se enojaba volvía a contentarse. Ya es famosa la anécdota con Gabo en Cartagena que repiten, entre tragos, sus amigos: que lo vio sentado con Carlos Fuentes en la mesa del restaurante donde se encontraba y se le fue por detrás, despacito, hasta que le dijo que quería ganarse su autógrafo. Así le dijo, “ganarse”, y acto seguido empezó a recitar de memoria el primer capítulo de Cien años de soledad. “Eso es fácil –le respondió el Nobel–. A ver el segundo”. Y Orlando arrancó a declamarlo con una seguridad tan pasmosa que García Márquez, sorprendido, le firmó una servilleta de tela.
En la redacción de La Patria (hoy un edificio moderno, lejos del lugar donde le dispararon), su figura continúa rondando como un fantasma. En medio de un escritorio lleno de libros y libretas de apuntes, Fernando Alonso Ramírez, editor del diario, recuerda esa vez que entró a la oficina de Orlando y él, con el brazo en alto y la mano abierta, le hizo un gesto para que se quedara quieto. “Era que estaba escribiendo un verso. Uno podía interrumpirlo en cualquier momento menos cuando estaba escribiendo poesía; se podía estar cayendo el mundo pero si lo sacabas de ahí, te metías en un problema”.

Virgilio López, otro de los periodistas que trabajó con él, sonríe al evocarlo. “Estaba loco: cuando había una cagada muy grande escribía ‘hijueputa’ en un papelito, se le iba a uno por detrás con una grapadora en la mano y… ¡clan!,se la clavaba en el omoplato. Hasta un zapato me tiró una vez”. “Orlando era de una lealtad impresionante con la gente que quería –recordó Antonio Leyva aquella tarde, cerveza en mano–. Yo lloro todos los días, hermano. El ser humano que más he amado en la vida ha sido él. Lo recuerdo con un dolor profundo, sobre todo porque uno, con el tiempo, va cayendo en el olvido. Y eso golpea tan duro...”.
“Lo más triste de todo es que a Orlando lo mataron por decir cosas que todo el mundo sabía, cosas obvias. La prueba es que tanto tiempo después nada ha cambiado demasiado en Caldas”, me contó varios días después Octavio Escobar. Y es cierto: las cosas, hasta ahora, siguen igual.

Contra el olvido

El domingo antes de que lo mataran apareció en el Papel Salmón un poema suyo titulado Invocación a la muerte. Yo sé que te impacientas / Muerte / Con la osadía de los jóvenes / Que su temeridad te excita, dice la primera estrofa.

El último día que estuve en Manizales subí hasta Jardines de la Esperanza, al lado del aeropuerto, para visitar su tumba. No sé por qué lo hice, pero me sorprendió el contraste de su lápida con las demás: mientras casi todas estaban bien cuidadas, con flores a su alrededor y el prado cortado, la suya era apenas un pedazo de cemento hundido en la tierra y rodeado de hierba alta.  

Pensé que esa imagen, tan dura, es solo una metáfora de lo que hoy pasa, y no sólo con Orlando, por supuesto: que tenemos una memoria deleznable, que olvidamos con la misma facilidad con que se pasa una página y que es natural que lo hagamos, sí, porque debemos seguir adelante y no podemos cargar el pasado como si fuera una roca en nuestra espalda. Por eso, mientras miraba la lápida así, tan descuidada, volví a preguntarme si su sacrificio ha valido la pena; si, como me dijo un amigo suyo, no hubiera sido mejor que Orlando estuviera aquí, siendo más amigo de sus amigos o puliendo una y otra vez un verso. Si vale la pena morir por una causa cuando tanto tiempo después aún no hay justicia y en este país amnésico todavía seguimos solucionando los problemas a punta de balas.

Hoy parece que el único recuerdo que queda de Orlando son sus obras, que todavía continúan en la sombra. Y, mientras eso suceda, seguirá condenado al olvido.

viernes, 24 de marzo de 2017

EL TIEMPO, ¿ampara pedófilos?

Pese a lo que pueda sugerir su pinta de adolescente rebelde, Daniel Emilio Mendoza es abogado penalista y criminólogo; se desempeña también como periodista y escritor. Autor de la novela El Diablo es Dios de Editorial Planeta. Fue despedido de el diario EL TIEMPO, (uno de los más importantes de Colombia) según él, por no haber accedido a retirar de su blog un artículo bastante serio donde denunciaba, sin pelos en la lengua, la pedofilía de muchos de los integrantes de la élite del país. A continuación reproducimos ese artículo, con la expresa autorización de su autor para Preludio al Paraiso.



EL TIEMPO, ¿ampara pedófilos? 


¿Los ampara? ¿Puede una institución como El Tiempo, estar colaborando en el encubrimiento de una oscura cofradía de millonarios colombianos que violan, torturan y asesinan sistemáticamente niños pobres? Esa es la pregunta, el planteamiento hipotético que bien puede quedar o no resuelto, tras la lectura de estos párrafos saltarines que a algún lugar habrán de llevarlos a todos.

Como siempre me habré de esforzar, por hacerlo simple, por lograr tenerlos amarrados a las palabras, en esta lucha voraz y consciente de quien quiere trasmitir una idea, sin que sus lectores tengan que hacer ningún esfuerzo por mantener los parpados abiertos.

Empecemos por ahí. Eso fue lo que empezó a rayar a El Tiempo. Que a muchos les interesaran mis artículos, que fueran los más leídos. Y por mucho. Presumo cuando hablo de cifras: mas de 600 mil visitas tuvo el artículo titulado, “Uribe Noguera, el Club el Nogal y la sociopatía institucional”. El que le seguía no llegaba a las 50 mil.

Empecé planteando la posible relación de Francisco Uribe Noguera, el hermano del homicida y socio de la firma de abogados Brigard Urrutia, con tanta evidencia mal acomodada en ese apartamento, con la desinformación de la policía, con la posible determinación de un acto de encubrimiento al pretender encaletar al hermano en una clínica psiquiátrica y con el hecho evidente de que un abogado penalista tenía que haber estado coordinando todo desde algún lado.

Los lobos, desde que empecé mi estudio sobre las reacciones sociopáticas de la élite Colombiana, empezaron a sentir que una pulga les picaba el lomo. El caldero había empezado a hervir desde que me atreví a denunciar el neoparamilitarismo y la corrupción que había en la Junta Directiva del Club el Nogal, pero con el caso de Uribe Noguera, me di a la tarea de quitarle a la bestia la mascara: Tenemos una élite sociópata. Una élite sin linderos, rapaz, inhumana, perversa, una élite descompuesta por los millares de simbolismos que la hacen injusta, corrupta y desconsiderada, concluyendo que el hecho que había llevado a Uribe Noguera a cometer el crimen, no era otro que la concepción que tienen los ricos de los pobres en Colombia: Unos guisos inferiores, para ellos son bestias incultas y sin gusto, a las que ven como animales cochinos, precisamente como tuvo que haber visto Uribe Noguera a esa niña indefensa, pues con una niña del Nueva Granada jamás hubiera hecho lo que fue capaz de hacer con Yuliana.

El segundo articulo, “Uribe Noguera y sus amigos pedófilos” salió al aire a los dos meses, cuando mágicamente el asunto había dejado de ensuciar las pantallas y micrófonos, parecía que al tema lo hubieran limpiado con el mismo aceite con el que refregaron ese día el cuerpo de la menor.

Esta vez las visitas se multiplicaron gracias al sentimiento de indignación que empezó a sacudir las redes, los clicks que cacheteaban el título no pararon durante los más de 20 días que alcanzó a estar al aire, hasta que recibí un mail de (marhan@eltiempo.com) Marcela Han Acero, directora de Blogs, en el que después de tanto tiempo de haberse publicado, me decía que tenía que retirar las acusaciones que hacía sobre Francisco Uribe Noguera, pues según ella yo no tenía como probarlas, me amenazaba con echarme de El Tiempo por violar el código de ética, cerrando el párrafo con esta elegante y suave sugerencia: “Tienes una hora para eliminar la entrada y quedas advertido”  

Sentí que se empezaba a revolver el océano en mi consciencia, hasta allí habían llegado las pirañas, me empezaban a morder.

Estar en el periódico más importante del país era una oportunidad invaluable, ellos lo sabían, a la misma Marcela Han le agaché la cabeza cuando le pregunte porqué mis artículos no eran publicitados cuando se referían al actuar de los ricos colombianos, específicamente después de haber publicado “Toros, alimento de una élite sociópata”. A ella, muy reverente y hasta medio atortolado, le respondí que estaba de acuerdo y que entendía su respuesta, cuando me dijo que EL TIEMPO se reservaba el derecho de promocionar por sus redes el contenido que considerara pertinente.

Igual me vale güevo, pensé esa vez, la gente los lee y las redes los ponen a cabalgar al galope. No necesito ni del Facebook ni del Twitter de El Tiempo. Pero es que este último mail, en el que se me pedía retirar el artículo, me ponía a escoger entre mi mas grande interés, la posibilidad de escribir en una plataforma inmensa y reconocida, de alcance internacional y la razón que empuja mis dedos en el teclado y que no es otro, que dar a conocer la enfermedad mental estructural de nuestra clase alta, que estaba plasmada en ese artículo que terminaba denunciando un hecho incontrovertible: En Colombia existen redes de prostitución infantil, de niños menores de 11 años, que alimentan la sociopatía pederasta de algunos miembros de las altas esferas Colombianas, que desde un punto de vista criminológico son los más propensos a disfrutar de esta parafilia sexual. 

También planteaba una serie de dudas sobre el caso Uribe Noguera. 

Después de haber tenido tiempo de estudiar más a fondo el proceso y de escuchar algunos fiscales e investigadores en Paloquemao, en esta segunda parte iba más allá, habían hechos que merecían ser observados con especial detenimiento y que continúan generando perspicacias: la hora de la muerte de la niña no se ha determinado, nadie sabe si la niña estaba o no viva cuando Francisco Uribe Noguera entró al apartamento, es muy difícil que una sola persona haya matado a la niña pues fueron dos tipos de asfixia, por ahogamiento y por sofocación, por otra parte no está clara la intervención del abogado Juan David Riveros, quien ha caído en varias imprecisiones en las declaraciones que ha dado, luego, dentro del derecho constitucional que tengo a dar mi opinión, considero que no basta ni la imputación por encubrimiento que le acaba de hacer la fiscalía a Francisco, ni el silencio en el que se mantiene la misma, respecto del gran amigo del Fiscal General Néstor Humberto Martínez, el mencionado Doctor Riveros.

Francisco Uribe Noguera, de quien se sabe estuvo en el apartamento de la menor, que bien pudo haber estado viva en ese momento hasta que no se pruebe lo contrario, debe ser investigado también por el homicidio de la niña y el Doctor Riveros, con el pesar que me da estar atacando a un colega, por el solo hecho de ser penalista, haber estado medio día en contacto con Francisco, haber reconocido que lo asesoró, le dio consejos e indicaciones, debe vinculársele al proceso que cursa en contra del mayor de los Uribe Noguera por el encubrimiento del crimen, para que se investigue su posible participación como determinador del delito, es decir, como aquél que pudo haberle dicho al autor material como hacer todo: Darle la idea de cubrir el cuerpo de la niña en aceite, acomodarlo, esconder la ropa, borrar el WathsApp, empacharle al pederasta las ñatas de coca, llenarle el buche de aguardiente y mandarlo a una clínica siquiátrica para que pudiera alegar una inimputabilidad, salvándose así del canazo en el que anda.

Al abogado se le debe investigar por lo que pudo haber pasado, es necesario  investigar las hipótesis que plantea mi columna, que fueron dadas a conocer tal y como me decía el código de ética de El Tiempo que lo hiciera: Como las dudas que surgían de ese proceso, repleto de lagartos, delfines, lobos y pirañas, en el que hervían amigos y familiares del Fiscal General, del Procurador y muy especialmente la firma Brigard & Urrutia, la más prestigiosa del país, aquella que es cercana a EL Tiempo y que asesora varios de sus anunciantes.

Hipótesis, escritas tal y como se permite en la opinión, en la critica, pero sobre todo como se ha narrado durante años la crónica judicial y criminológica cuyo objeto es hipotético, porque todo juicio es una telaraña de conjeturas en el que existen tantas verdades como moscas pegadas: El fiscal acusa basado en una hipótesis, la defensa defiende su hipótesis y el juez todo lo resuelve todo a partir de otra, tan personalísima y subjetiva como las demás. 

Por eso es que a esa reunión a la que me citó José Antonio Sánchez director de contenido, allá en la sede de ese periódico que le había visto leer a mi bisabuelo desde que estaba en el Kinder, llegué convencido de que no había ningún tipo de afirmación calumniosa en mi escrito, pero aún así estaba dispuesto a ceder y a hacer lo que me pedían que hiciera: Que retirara a las buenas el articulo, que siguiera escribiendo y dejara de hacer tanta bulla.

Contando las 5 páginas en que fue publicado además del Tiempo, el artículo había sido leído ya por más de 2 millones de personas, es decir, allí seguiría bailando en esa discoteca luminosa que es el mundo virtual, y yo tenía aún muchas más cosas que decir, parecía buen negocio, podría permanecer en el periódico, por solo eliminar ese artículo del Blog. En realidad, viéndolo objetivamente, no es que perdiera mucho.

Pero allá dentro, en esa masa babosa en la que anida lo irracional, volaban unas aves negras, eran los chulos que planeaban sobre el cadáver en que empecé a ver convertidos mis ideales.

Lo dije, sin saber que le iba a molestar tanto al doctor Sánchez que me miraba con sus ojos claros de monseñor, que después de haberse burlado de mis tenis Vans de superhéroes, personificado con su calva diamantina, se me empezó a parecer como un perverso Lex Luthor criollo.

-          Es que se trata de niños pobres que compran los ricos, que son violados todos los días, los mismos que se pierden cuando los papás tienen turnos de noche y no vuelven a aparecer- le dije tanteándolo.

-          ¿Usted no cree que Daniel, que puede estar realizando afirmaciones sin pruebas en el afán de que se haga justicia?- evadiendo el tema con una pregunta.

-          No estoy realizando ninguna afirmación, son ecuaciones criminológicas basadas en unos hechos, no doy nada por cierto, simplemente planteo dudas- Le contesté-…que es lo que me dice el código de ética que debo hacer- añadí.

-          ¿Y qué hago yo con las quejas de los que se sienten ofendidos? – volviendo con esa dialéctica seca, proveniente de aquella personalidad artificial que me hacía sentir frente al gerente de una sucursal bancaria, no hablaba con el periodista que definía qué iba y qué se quedaba en un periódico.

-          Estoy dispuesto a irme juicio y si después de una sentencia me toca empeñar mi vida entera para pagar lo que me pidan, pues lo hago y me rectifico. Pero no ahora. Son niños torturados…asesinados- agregué repitiendo exactamente lo mismo que había venido diciendo en los mails que precedían la reunión.

-          Es que hemos recibido muchas quejas, me respondió, pero además… ¿Ha pensado usted Daniel, cómo quedaría la marca EL TIEMPO si a usted le toca rectificarse?

En ese momento, frente esa respuesta que ponderaba la sensibilidad de la marca por sobre una denuncia de pederastia, supe que aunque lo que más quería era ceder y seguir en el periódico, no iba a poder. Si se hubiera tratado de una imprecisión, de una mentira, de un agravio injustificado a quien quiera que fuera, no hubiera tenido reparo en retirar cualquier artículo y hasta pedir disculpas, pero me estaban obligando a bajar precisamente ese artículo que hablaba del trafico de niños, y que yo estaría colaborando, así sea con una migaja, en propiciar esta pandemia parafílica que llevaba muchos años infectando el país.

-          Pues lo siento mucho por la marca- le contesté exprimiendo en mi rostro una sonrisa- pero no bajo el artículo y no le cambio una coma- añadí.

Hecho que después de la reunión le reiteré en un E-mail, en el que propuse una nota aclaratoria al final del escrito, en ella advertía que la criminología se basa en el tratamiento de diversas hipótesis.

Después vino la llamada que me hizo el doctor Sánchez, en la que me dijo que no solo habían decidido retirar el articulo, sino también darme un patadón y cerrar mi espacio. Estuve devastado durante unas horas, pero poco a poco me empecé a sentir más liviano, relajado y feliz, supe que ya no me estaban pesando esos cadáveres, que mis ideales se habían vuelto a levantar y que ya no habían chulos en el cielo.