viernes, 24 de febrero de 2017

¿Qué es el Bautismo?

Bautismo es el mandato de Jesucristo para todo creyente. Por lo tanto, un entendimiento claro de lo que es el Bautismo y porqué es importante es esencial. El bautismo no nos salva de nuestros pecados. La Salvación es un regalo proporcionado y asegurado directamente por la obra de Cristo a favor nuestro (Efesios 2:8–10).

Ambrosio leía información sobre el Bautismo, en unos textos que compró recientemente en cualquier librería de viejo en el centro de Bogotá...
"Pero nos es dado evidencia de la importancia del Bautismo a través de el bautismo mismo de nuestro Salvador, el mandato de la Escritura y la práctica de la Iglesia primitiva."

El Significado del Bautismo

 

Si el Bautismo no tiene poder de salvación, entonces; ¿Cuál es el significado del Bautismo? El bautismo tiene importancia para cada creyente por la aparición frecuente dentro del Nuevo Testamento (115 referencias claras).

Primeramente, el Bautismo es una declaración pública de la fe de uno en nuestro Señor Jesucristo. La Escritura declara que nostros tenemos que profesar abierta y públicamente a Cristo. No ha de haber “santos silenciosos.” Por lo tanto el Bautismo debe seguir inmediatamente la experiencia de Salvación porque al hacerlo, proclamamos la obra de Cristo hecha en nosotros (Mateo 10:32).

También, el Bautismo es la representación grafica ideal de lo que Cristo ha hecho por todos los pecadores a través de Su muerte, entierro, y resurrección. El Bautismo ejemplifica como el nuevo creyente ha roto con su pasado,e inicia una vida nueva, una vida resucitada, mediante su nacimiento nuevo en Cristo.

Así que, el Bautismo es una identificación personal con Cristo y con Su Iglesia (Galatas 3:27).

El Bautismo dice “Yo pertenezco a Jesucristo, le honro como testigo y de Su Iglesia. El Bautismo es el sello de nuestro compromiso con Cristo. Reconoce la responsabilidad de su Iglesia para enseñar y practicar esta ordenanza definido en las Escrituras. En muchas formas, el Bautismo es semejante a un anillo de Bodas. Tú puedes estar casado sin el anillo, pero el anillo refleja el compromiso y enlace de tu vida a otra. Cristo compara la relación entre esposo/esposa a Él mismo y Su novia, la Iglesia. El Bautismo es importante tanto por identidad como por obediencia.

El Momento del Bautismo

 

Para la pregunta más comú:” ¿Cuándo debo bautizarme?”, la respuesta es simple—inmediatamente después que pones tu fe y confianza en Jesucristo. Este es el patrón del nuevo Testamento (Hechos 2:41). Aún hay que aclarar un tema que debemos observar.

El Bautismo debe ser después de la salvación nunca antes. La experiencia del Bautismo, no importa que sincera haya sido, es inadecuada si ocurrió antes de comprender el significado de su arrepentimiento y fe en el Señor Jesucristo. Así que si fue bautizado antes de tu experiencia de salvación, debes seguir a Cristo en el bautismo como un creyente.

¿Es el Bautismo un requisito para membresía en la iglesia?

Personas llegan a Prestonwood de iglesias de diversas denominaciones y antecedentes eclesiásticos que no comparten nuestras doctrinas, creencias o prácticas. En muchos casos hay diferencia referente al tema del Bautismo. Por esta razón, buscamos orientar claramente y explicar a los creyentes cómo seguir a Cristo en el Bautismo.

El Bautismo no es asunto de preferencia personal; sino de mandato en la Escritura. Por lo tanto, creemos que la práctica apropiada del bautismo es importante en la vida de cada miembro de nuestra Iglesia.

En Prestonwood requerimos a quienes no han sido bautizados por inmersión o que vienen de Iglesias con diferentes prácticas que no comparten nuestra perspectiva del propósito y práctica de Bautismo, que sean bautizados.

Nuestra meta no es de poner en duda la experiencia personal de salvación ni de disminuir su herencia Cristiana sino de unir nuestra membresía en creencia y práctica. Obediencia a Cristo y Su Palabra es el punto de partida para el crecimiento y compañerismo juntos.

El Método del Bautismo


¿Cómo debo bautizarme? Aunque éste ha sido un tema de confusión para algunos, la Escritura es bien clara en la forma o método del Bautismo. El Bautismo es una imagen que nos identifica con Cristo, Su muerte, Su entierro y resurrección – cualquier variación a esta representación gráfica podría interferir con el mensaje del bautismo.
La palabra “Bautismo” es una adaptación de la palabra griega “baptizo” dada en el Nuevo Testamento. Está claro que esta palabra precisamente significa “inmersión,” “sumergir,” o “colocar bajo de.” La Escritura nos dice que cuando Jesús fue bautizado, subió luego del agua. Felipe y el etíope vinieron a un lugar con mucha agua. El rio Jordán seguidamente es mencionado en las Escrituras como un lugar donde ocurrieron Bautismos.

La Explicación de la Escritura


En Romanos 6:4-5 vemos el Bautismo usado para describir la nueva vida que ahora vivimos en Cristo. En Hechos 16:31-34, vemos creyentes nuevos siendo bautizados, anotando el hecho de que esta acción es un símbolo externo de una realidad interna de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas. Por lo tanto nuestro motivo en el bautismo es de obediencia a Cristo y para la Gloria de Cristo y Su Iglesia.

El estímulo de los creyentes del Nuevo Testamento


A lo largo del Nuevo Testamento, el bautismo fue la primera respuesta de esos creyentes sedientos. Considera a Felipe y el eunuco Etíope (Hechos 8:26-38), Pedro y Cornelio (Hechos 10:47-48), Pablo y el carcelero en Filipo (Hechos 16:25-34).


El ejemplo de nuestro Señor, Cristo Jesús


Jesús inició su ministerio público con el Bautismo (Mateo 3:13, 17). Él no tenía necesidad de ser salvo; pero a través del Bautismo Cristo se estaba identificando con nosotros—a esos que había venido a salvar. En el Bautismo Cristo estaba diciendo, esto es lo que he venido a hacer por tí. Él murió en la cruz, fué sepultado y resucitó de nuevo. Entonces tuvo razón Juan El Bautista cuando dijo de Jesús al bautizarlo, “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”


El Motivo del Bautismo


¿Porqué somos bautizados? El Bautismo no solo muestra nuestra identificación con Jesucristo sino también nuestro deseo de vivir una vida en obediencia a Él. Jesús dijo “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Juan 14:15). Cuando nosotros obedecemos a Cristo, demostramos nuestra confianza en Él y nuestra sumisión a su mandato. Amar a Cristo significa expresar ese amor en formas que le agraden. Motivados por amor y gratitud, nosotros seguimos a Cristo en el Bautismo.

El Tofet de Cartago

Hasta el siglo XIX, lo que se sabía de la antigua Cartago era más fruto de la lectura de los autores clásicos y del mito que de la realidad arqueológica. Tras la tercera guerra púnica (149-146 a.C.), las tropas romanas bajo el mando de Escipión Emiliano habían arrasado la ciudad hasta sus cimientos, así que los estudiosos de la Antigüedad no confiaban en que el subsuelo de la metrópolis norteafricana pudiese ofrecer importantes hallazgos.

Pese a ello, una serie de arqueólogos aficionados indagaron en las ruinas cartaginesas y hallaron restos de vías, de estructuras domésticas y obras de ingeniería, correspondientes a la colonia romana fundada sobre la capital púnica en el siglo I a.C., así como inscripciones, esculturas y mosaicos de la misma época. En cambio, de la urbe fenicio-púnica tan sólo se localizaron unas necrópolis que excavó un religioso, el padre Louis-Alfred Delattre.


En 1921, el panorama de la investigación de la Cartago prerromana se transformó repentinamente, cuando un saqueador de tumbas árabe ofreció a un funcionario francés, Paul Gielly, una rara estela grabada con símbolos de la diosa púnica Tanit. Gielly se apresuró a comunicárselo a un compatriota, François Icard, jefe de la policía de Túnez y a la vez coleccionista y buen conocedor del mercado negro de antigüedades, quien quiso saber de dónde procedía tan interesante pieza. 

Burlado en primera instancia por el árabe, que le indicó un lugar erróneo donde excavar, Icard lo puso bajo vigilancia y una noche lo sorprendió in fraganti extrayendo diversas estelas votivas de un pozo que había cavado en unos terrenos situados a pocos metros del antiguo puerto, entre las actuales rue Hannibal y rue des Suffètes. Así, por un azar del destino, se descubrió el santuario de Tanit o Tofet.


El tofet de Cartago, también llamado tofet de Salambó, es una antigua área sagrada dedicada a las deidades fenicias Tanit y Baal, ubicada en el barrio cartaginés de Salambó, cerca de los puertos púnicos. Data de entre los siglos VII y II a. C., y alberga restos que en un 90% corresponden a niños cuya edad oscila entre recién nacidos y tres años. El otro diez por ciento son cabras y ovejas, animales también empleados como ofrenda. En las estelas de piedra, de carácter votivo, aparecen los nombres de Tanit y Baal como destinatarios de los sacrificios. En 1921, se descubrió una estela que representa a un sacerdote con un sombrero propio de su cargo y sosteniendo a un niño en brazos.

Sabemos que los tofets cartagineses son áreas sagradas donde se enterraron los restos calcinados de niños, conservados en urnas y al pie de unas estelas conmemorativas. El tofet de la ciudad de Cartago es el más conocido, pero esta práctica también se adoptó en las antiguas colonias fenicias que se anexionó Cartago: Sicilia, Cerdeña y Malta. ¿Sacrificaron los cartagineses a sus niños o los tofets simplemente eran cementerios para niños que murieron de forma prematura?

Cada vez está más claro que las historias sobre el sacrificio de niños cartagineses son verdaderas. Los griegos y romanos así lo aseguran y esta creencia formó parte de la historia popular de Cartago en los siglos XVIII y XIX. Niños y niñas que apenas contaban unas semanas de vida fueron sacrificados por los cartagineses en los tofets. Las inscripciones sobre las losas de las tumbas eran dedicatorias de los padres a los dioses que finalizaban con el ruego de ser escuchados y bendecidos.


Referencias de estos sacrificios ...

Los romanos hicieron recaer sobre los cartagineses graves acusaciones. Existen numerosos testimonios que hablan de cómo en momentos de especial peligro sacrificaban niños a los dioses quemándolos vivos, creyendo asegurar así la protección divina. En la Biblia aparece la misma acusación contra los vecinos idólatras, que sacrificaban a sus hijos. El lugar destinado a estos sacrificios era denominado tofet.
  • Y han edificado los lugares altos del Tofet, que está en el valle del hijo de Hinom, para quemar al fuego a sus hijos y a sus hijas, cosa que Yo (Yahvé) no les mandé, ni subió en mi corazón. Por tanto, he aquí vendrán días, ha dicho Yahvé, en que no se diga más Tofet, ni valle del hijo de Hinom, sino Valle de la Matanza; y serán enterrados en Tofet, por no haber lugar. (Jeremías, 7, 31-32)
Los textos fenicios antiguos hacen mención del sacrificio. Hay un documento en Ugarit que habla con toda claridad del ofrecimiento para invocar la protección de Baal y obtener la victoria. Filón de Biblos y Eusebio de Cesarea nos han dejado el testimonio de cómo los fenicios importantes sacrificaban a sus hijos, y según Justino fue la legendaria reina Dido quien inició el rito. Diodoro Sículo describe una de estas ceremonias en las que el sacerdote degollaba a un niño que se colocaba sobre los brazos de una estatua de bronce. Después se le arrojaba al fuego en presencia de su familia.

Era frecuente entre los generales ofrecer esta clase de sacrificios en momentos cruciales para Cartago. En el 310 a. C., sitiados por Agatocles de Siracusa, los cartagineses sacrificaron a 500 hijos de familias ilustres, por considerar que la ofrenda tendría más valor que la de simples esclavos. Tertuliano denunciaba que aún durante el siglo II continuaba en secreto esta práctica pese a todas las prohibiciones de los emperadores.
  • Pongo por testigos a los soldados de mi padre que ejecutaron esas órdenes de los procónsules romanos. Los propios padres acudían a ofrecer sus hijos, y lo hacían gustosos; los acariciaban para impedir que llorasen en el momento de ser sacrificados. (Tertuliano)
Porfirio de Tiro, De la abstinencia, II, 56, 1:
  • Los fenicios, en caso de grandes calamidades como las guerras, las epidemias o las sequías, sacrificaban a una víctima tomada de entre los seres que más apreciaban y que designaban por votación como víctima ofrecida a Cronos.
Plutarco, De la superstición, XIII:
  • Es en plena consciencia y conocimiento que los cartagineses ofrecían a sus hijos y quienes no los tenían los compraban de los pobres como a los corderos o aves, mientras que la madre estaba de pie sin lágrimas ni lamentos. Si ella se lamentaba o lloraba, perdería el precio de la venta y el niño no dejaba de ser sacrificado; sin embargo, todo el espacio delante de la estatua era llenado del sonido de las flautas y de los tambores a fin de que no se pudieran escuchar los gritos.
Tertuliano, Apologética, IX, 2-3:
  • Los niños eran sacrificados públicamente a Saturno, en África, hasta el proconsulado de Tiberio, quien hizo exponer a los propios sacerdotes de ese dios, atados vivos a los árboles de su templo, que cubrían los crímenes de su sombra: Juro por mi padre, quien, como soldado, ejecutó esta orden del procónsul. Pero, aún hoy en día, ese sacrificio criminal sigue en secreto.

En territorio español no se ha encontrado ningún tofet fenicio, aunque hay indicios de alguna clase de práctica de sacrificios humanos. En Cádiz hay un grupo de enterramientos de niños de hasta diez años cuyos cráneos evidencian haber sido golpeados violentamente. Esto seguramente guarda relación con las reformas de César en las bárbaras costumbres gaditanas, y con una primitiva forma de sacrificio infantil recogido en los textos de Ugarit: el aplastamiento con maza, el arma simbólica que debía emplear el dios invocado para aplastar al enemigo.

miércoles, 22 de febrero de 2017

La gente blanca: Arthur Machen (Parte I)

Arthur Machen nació en 1863 en el País de Gales, en Caerlson-on-Usk, minúsculo pueblo que fue sede de la Corte del Rey Arturo. Machen se instaló en Londres siendo muy joven. Estuvo unos meses de dependiente en una librería, después hizo de preceptor, y se dio cuenta que era incapaz de ganarse la vida en sociedad. Según sus propias palabras "...un inmenso golfo espiritual le separaba de los otros hombres..." y tenía que aceptar cada vez más ésta vida de un "Robinson Crusoe del alma".

Publicó numerosos relatos fantásticos, trabajo como bibliotecario, periodista y actor de teatro, malviviendo de cuando en cuando.

Algunos se inclinan a pensar que Machen, quien fue ignorado cuando intentó revelar secretas realidades fantásticas, tenía la facultad incosciente de invocar fuerzas ocultas que se levantaban y tomaban tal o cual forma a la llamada de su imaginación, tan a menudo ligada a las verdades esenciales, y que tal vez había realizado una profunda labor sin él saberlo.

La Gente Blanca

(Arthur Machen)


 Ambrosio dijo:

—Brujería y santidad, he aquí las únicas realidades. —Y prosiguió—: La magia tiene una justificación en sus criaturas: comen mendrugos de pan y beben agua con una alegría mucho más intensa que la del epicúreo.

—Os referías a los santos?

—Sí. Y también a los pecadores. Creo que vos caéis en el error frecuente de quienes limitan el mundo espiritual a las regiones del bien supremo. Los seres extremadamente perversos forman también parte del mundo espiritual. El hombre vulgar, carnal y sensual, no será jamás un gran santo. Ni un gran pecador. En nuestra mayoría, somos simplemente criaturas de barro cotidianas sin comprender el significado profundo de las cosas, y por ésto el bien y el mal son en nosotros idénticos: de ocasión, sin importancia.

—¿Pensáis, pues, que el gran pecador es un asceta, lo mismo que el gran santo?

—Los grandes, tanto en el bien como en el mal, son los que abandonan las copias imperfectas y se dirigen a los originales perfectos. Para mí, no existe la menor duda: los más excelsos, entre los santos, jamás hicieron una "buena acción", en el sentido corriente de la palabra. Por el contrario, existen hombres que han descendido hasta el fondo de los abismos del mal, y que, en toda su vida, no han cometido jamás lo que vosotros llamáis una "mala acción".

Se ausentó un momento de la estancia; Cotgrave se volvió a su amigo y le dio gracias por haberle presentado a Ambrosio.

—Es formidable —dijo—. Jamás había visto un chalado de esta clase.

Ambrosio volvió con una nueva provisión de whiskey y sirvió a los dos hombres con largueza. Criticó con ferocidad la secta de los abstemios, pero se sirvió un vaso de agua. Iba a reanudar su monólogo cuando Cotgrave le atajó:

—Vuestras paradojas son monstruosas. ¿Puede un hombre ser un gran pecador sin haber hecho nunca nada culpable? ¡Vamos, hombre!

—Os equivocáis completamente —dijo Ambrosio—, pues soy incapaz de paradojas: ¡ojalá pudiera hacerlas! He dicho, simplemente, que un hombre puede ser un gran conocedor de vinos de Borgoña sin haber entrado jamás en una taberna. Eso es todo, y ¿no os parece más una perogrullada que una paradoja? Vuestra reacción revela que no tenéis la menor idea de lo que puede ser el pecado. ¡Oh!, naturalmente existe una relación entre el Pecado con mayúscula y los actos considerados como culpables: asesinato, robo, adulterio, etc. Exactamente la misma relación que existe entre el alfabeto y la poesía más genial. Vuestro error es casi universal: os habéis acostumbrado, como todo el mundo, a mirar las cosas a través de unas gafas sociales. Todos pensamos que el hombre que nos hace daño, a nosotros, o a nuestros vecinos, es un hombre malo. Y lo es, desde un punto de vista social. Pero, ¿no podéis comprender que el mal, en su esencia, es una cosa solitaria, una pasión del alma? El asesino corriente, como tal asesino, no es en modo alguno un pecador en el verdadero sentido de la palabra. Es sencillamente una bestia peligrosa de la que debemos librarnos para salvar nuestra piel. Yo lo clasificaría mejor entre las fieras que entre los pecadores.

—Todo esto me parece muy confuso.

—Pues no lo es; el asesino no mata por razones positivas, sino negativas; le falta algo que poseen los no-asesinos. El Mal, por el contrario, es totalmente positivo. Pero positivo en el sentido malo. Y es muy raro. Sin duda hay menos pecadores verdaderos que santos. En cuanto a lo que llamáis criminales, son seres molestos, desde luego, y de los que la sociedad hace bien en guardarse; pero entre sus actos antisociales y el Mal existe un gran abismo, ¡creedme!

Se hacía tarde. El amigo que había llevado a Cotgrave a casa de Ambrosio había sin duda oído esto otras veces. Escuchaba con sonrisa cansada y un poco burlona, pero Cotgrave empezaba a pensar que su "alienado" era tal vez un sabio.

—¿Sabéis que me interesáis enormemente? —dijo—. ¿Opináis, pues, que no comprendemos la verdadera naturaleza del Mal?

—Lo sobreestimamos. O bien lo menospreciamos. Por una parte, llamamos pecado a las infracciones sociales. Es una exageración absurda. Por otra parte, atribuimos una importancia tan enorme al "pecado" que consiste en meter mano a nuestros bienes o a nuestras mujeres, que hemos perdido absolutamente de vista lo que hay de horrible en los verdaderos pecados.

—Entonces, ¿qué es el pecado?— dijo Cotgrave.

—Me veo obligado a responder a su pregunta con otras preguntas. ¿Qué experimentaría si su gato o su perro empezaran a hablarle con voz humana? ¿Y si las flores de su jardín se pusieran a cantar? ¿Y si las piedras del camino aumentaran de volumen ante sus ojos? Pues bien, éstos ejemplos pueden darle una vaga idea de lo que es realmente el pecado.

—Escuchen —dijo el tercer hombre, que hasta entonces había permanecido muy tranquilo—, me parece que los dos están locos de remate. Me marcho a mi casa. He perdido el tranvía y me veré obligado a ir a pie.

Ambrosio y Cotgrave se arrellanaron aún más en sus sillones después de su partida. La luz de los faroles palidecía en la bruma de la madrugada, que helaba los cristales.

—Me asombra usted —dijo Cotgrave—. Jamás había pensado en todo esto. Si es realmente así, hay que volverlo todo del revés. Entonces, según usted, la esencia del pecado sería...

—Querer tomar el cielo por asalto —respondió Ambrosio—. El pecado consiste, en mi opinión, en la voluntad de penetrar de manera prohibida es otra esfera más alta. Esto explica que sea tan raro. En realidad, pocos hombres desean penetrar en otras esferas, mas altas o bajas, y de manera autorizada o prohibida. Hay pocos santos. Y los pecadores, tal como yo los entiendo, son todavía más raros. Y los hombres de genio (que a veces participan de aquellos dos) también escasean mucho... Pero puede ser más difícil convertirse en un gran pecador que en un gran santo.

—¿Porque el pecado es esencialmente naturaleza?

—Bueno. La santidad exige un esfuerzo igualmente grande, pero un esfuerzo que se realiza por caminos que eran antaño naturales. Se trata de volver a encontrar el éxtasis que conoció el hombre antes de la caída. En cambio, el pecado es una tentativa de obtener un éxtasis y un saber que no existen y que jamás han sido dados al hombre, y el que lo intenta se convierte en demonio. Ya le he dicho que el simple asesino no es necesariamente un pecador. Esto es cierto; pero el pecador es a veces un asesino. Pienso en Gilles de Rais, por ejemplo. Considere que, si bien el bien y el mal están igualmente fuera del alcance del hombre contemporáneo, del hombre corriente, social y civilizado, el mal lo está en un sentido mucho más profundo. El santo se esfuerza en recobrar un don que ha perdido; el pecador persigue algo que no ha poseído jamás. En resumidas cuentas, reproduce la Caída.

—¿Es usted católico? —preguntó Cotgrave.

—Sí, soy miembro de la Iglesia anglicana perseguida.

—Entonces, ¿qué me dice de esos textos en que se denomina pecado lo que usted califica de falta sin importancia?

—Advierta, por favor, que en esos textos de mi religión aparece reiteradamente el nombre de "mago", que me parece la palabra clave. Las faltas menores, que se denominan pecados, sólo se llaman así en la medida que el mago perseguido por mi religión está detrás del autor de éstos pequeños delitos. Pues los magos se sirven de las flaquezas humanas resultantes de la vida material y social, como instrumentos para alcanzar su fin infinitamente excecrable. Y permita que le diga esto: nuestros sentidos superiores están tan embotados, estamos hasta tal punto saturados de materialismo, que seguramente no reconoceríamos el verdadero mal si nos tropezáramos con él.

—Pero, ¿es que no sentiríamos, a despecho de todo, un cierto horror, este horror de que se hablaba hace un momento, al invitarme a imaginar unas rosas que rompiesen a cantar?

—Si fuésemos seres naturales, sí. Los niños, algunas mujeres y los animales sienten este horror. Pero, en la mayoría de nosotros, los convencionalismos, la civilización y la educación han embotado y oscurecido la naturaleza. A veces podemos reconocer el mal por el odio que manifiesta al bien y nada más; pero esto es puramente fortuito. En realidad, los Jerarcas del Infierno pasan inadvertidos a nuestro lado.

—¿Piensa que ellos mismos ignoran el mal que encarnan?

—Así lo creo. El verdadero mal, en el hombre, es como la santidad y el genio. Es un éxtasis del alma, algo que rebasa los límites naturales del espíritu, que escapa a la conciencia. Un hombre puede ser infinita y horriblemente malo, sin sospecharlo siquiera. Pero repito; el mal, en el sentido verdadero de la palabra, es muy raro. Creo incluso que cada vez lo es más.

—Procuro seguirlo —dijo Cotgrave—. ¿Cree usted que el Mal verdadero tiene una esencia completamente distinta de lo que solemos llamar el mal?

—Absolutamente. Un pobre tipo excitado por el alcohol vuelve a su casa y mata a patadas a su mujer y a sus hijos. Es un asesino. Gilles de Rais es también un asesino. Pero, ¿advierte usted el abismo que los separa? La palabra es accidentalmente la misma en ambos casos, pero el sentido es totalmente distinto. Cierto que el mismo débil parecido existe entre todos los pecados _sociales_ y los verdaderos pecados espirituales, pero son como la sombra y la realidad. Si usted es un poco teólogo, tiene que comprenderme.

—Le confieso que no he dedicado mucho tiempo a la teología —observó Cotgrave—. Lo lamento; pero, volviendo a nuestro tema, ¿cree usted que el pecado es una cosa oculta, secreta?

—Sí. Es el milagro infernal, como la santidad es el milagro sobrenatural. El verdadero pecado se eleva a un grado tal que no podemos sospechar en absoluto su existencia. Es como la nota más baja del órgano, tan profunda que nadie la oye. A veces hay fallos, recaídas, que conducen al asilo de locos o a desenlaces todavía más horribles. Pero en ningún caso debe confundirlo con la mala acción social. Acuérdese del Apóstol: hablaba del otro lado y hacía una distinción entre las acciones caritativas y la caridad. De la misma manera que uno puede darlo todo a los pobres y, a pesar de ello, carecer de caridad, puede evitar todos los pecados y, sin embargo, ser una criatura del mal.

—¡He aquí una psicología interesante! —dijo Cotgrave—. Pero confieso que me gusta. Supongo que, según usted, el verdadero pecador podría pasar muy bien por un personaje inofensivo, ¿no es así?

—Ciertamente. El verdadero mal no tiene nada que ver con la sociedad. Y tampoco el Bien, desde luego. ¿Cree usted que se sentiría a gusto en compañía de san Pablo? ¿Cree usted que se entendería con Sir Galahad? Lo mismo puede decirse de los pecadores. Si usted encontrase a un verdadero pecador, y reconociese el pecado que hay en él, sin duda se sentiría horrorizado. Pero tal vez no existiría ninguna razón para que aquel hombre le disgustara. Por el contrario, es muy posible que, si lograba olvidar su pecado, encontrase agradable su trato. ¡Y, sin embargo...! ¡No! ¡Nadie puede adivinar cuán terrible es el verdadero Mal...! ¡Si las rosas y los lirios del jardín se pusieran a cantar esta madrugada, si los muebles de esta casa empezaran a desfilar en procesión como en el cuento de Maupassant...!.

—Celebro que vuelva a esta comparación —dijo Cotgrave—, pues quería preguntarle a qué corresponden en la Humanidad, estas proezas imaginarias de las cosas que usted cita. Repito: ¿qué es, pues, el pecado? Quisiera que me diera usted un ejemplo concreto.

Por primera vez, Ambrosio vaciló.

—Ya le he dicho que el verdadero Mal es muy raro. El materialismo de nuestra época, que tanto ha hecho para suprimir la santidad, tal vez ha hecho más aún para suprimir el mal. Encontramos la tierra tan cómoda, que no sentimos deseos de subir ni de bajar. Todo ocurre como si el especialista del Infierno realizase trabajos puramente arqueológicos.

—Sin embargo, tengo entendido que sus investigaciones se han extendido hasta la época actual.

—Veo que está usted realmente interesado. Pues bien, confieso que he reunido, en efecto, algunos documentos que...