lunes, 16 de enero de 2017

El desconcierto de las élites


Los que están en posiciones directivas no entienden lo que está ocurriendo. Viven en entornos cerrados que les impiden ver lo corrosiva que es la persistente desigualdad y la diferencia de oportunidades.

Están pasando cosas imprevistas, también para quienes en principio disponen de los mejores instrumentos para conocer la sociedad y anticipar su posible evolución: resultados electorales desconcertantes, pérdida de referendos contra todo pronóstico, avance de fuerzas políticas reaccionarias… El pabellón de los desconcertados está formado por gente de variada procedencia, tanto de derechas como de izquierdas, los conservadores clásicos y los pijos progresistas, el Partido Republicano americano y los Clinton, los socialdemócratas y los democristianos europeos… En tiempos de fragmentación, lo único transversal es el desconcierto, aunque a la derecha le suele durar menos. Por lo general, los conservadores se llevan mejor con la incertidumbre y no tienen demasiadas pretensiones de formular una teoría de la sociedad, mientras las cosas funcionen. La izquierda suele sufrir más con la falta de claridad y tarda mucho tiempo en comprender por qué los trabajadores votan a la extrema derecha. De ahí el amplio debate acerca de qué debe hacer la izquierda (los liberales, los demócratas, los socialistas o los progresistas) para recuperar alguna capacidad estratégica en medio de una situación que ni comprende ni, por supuesto, controla. De todas maneras, puede que la distinción entre la derecha y la izquierda sea menos relevante que la diferencia entre quienes lo han entendido (Trump y Sanders) y quienes no han entendido nada (los demócratas y los republicanos clásicos).

¿Cómo se explica este desconcierto? Mi hipótesis es que tiene su origen en la fragmentación de nuestras sociedades. Vivimos en comunidades atravesadas por fracturas múltiples, en Estados Unidos concretamente, entre las ciudades de la costa y el interior del país, entre la población blanca y las minorías, la ética protestante del trabajo y una cultura de la abundancia y la diversión… Al mismo tiempo, los medios, los tradicionales y las redes sociales, han acelerado esta fragmentación de las identidades culturales y políticas; especialmente las redes sociales permiten la creación de comunidades abstractas y homogéneas en unos enclaves de opinión donde se refleja la autosegregación psíquica de las comunidades ideológicas.

Una de las consecuencias de esta ruptura es la incapacidad de entenderse unos a otros, no solamente desde el punto de vista de compartir objetivos comunes, sino también desde el meramente cognitivo: hacerse cargo de lo que les pasa a los otros, de las razones de su malestar, antes de denigrar el hecho de que no tengan soluciones verdaderas a ese malestar o se dejen seducir por ofertas políticas que no representan ninguna solución. Por un lado, ese grupo de americanos blancos, mayores, salidos de las clases medias superiores y movidos por un espíritu de resentimiento racial contra la América de las minorías que Barack Obama encarnaba, que se sienten irritados con la inmigración y el comercio internacional. Por otro, la secesión de una minoría civilizada que se distancia de las pulsiones populistas no tanto porque tiene una idea superior de democracia como porque no sufre las amenazas de precariedad a los más golpeados por la crisis ni comprende los temores de los de abajo. Las élites dirigentes no están entendiendo bien lo que ocurre en el seno de nuestras sociedades, probablemente porque ellos se encuentran en unos entornos cerrados que les impiden entender otras situaciones. No hay experiencias compartidas ni visión de conjunto; tan solo la comodidad privada, de una parte, y el sufrimiento invisible, de la otra. Quienes se han turnado en la dirección de los asuntos públicos no han entendido lo corrosivo que está resultando para la democracia una persistente desigualdad y la diferencia de oportunidades. Las múltiples convulsiones experimentadas por la sociedad americana (con sus equivalentes en otros lugares del mundo), desde el Tea Party hasta Trump o, en el extremo contrario, los movimientos Occupy Wall Street y el éxito ines­perado de Bernie Sanders, son los síntomas de una desafección de los americanos por una modernidad forzada, mientras que la élite y su formidable aparato de propaganda repite una y otra vez que no hay otro horizonte posible.

Las élites argumentan que ciertas reacciones no son razonables ni ofrecen las soluciones adecuadas, y es cierto, pero eso no les exime de la responsabilidad de indagar en las causas de ese malestar y pensar que tal vez estén haciendo algo mal. Insistir en que la política es representativa, que la globalización ofrece muchas oportunidades y el racismo es malo, es algo que solo vale para tener razón, pero no sirve para hacerse cargo de por qué resulta tan irritante el elitismo político, qué dimensiones de la globalización representan una amenaza real para mucha gente y qué aspectos del conflicto multicultural deben resolverse con algo más que buenas intenciones.

Las soluciones al desconcierto actual solo se solucionaría con el entendimiento común, compartiendo experiencias y sentimientos

El problema es que tampoco la gente es necesariamente más sabia que sus representantes, por lo que esa fórmula de elitismo invertido que es el populismo no soluciona nada. El problema de fondo es la falta de mundo común. Las soluciones solo se alumbrarán compartiendo experiencias, es decir, emociones y razones; si, en vez de seguir enfrentando las razones de los de arriba con las pulsiones de los de abajo, aquellos interpretan adecuadamente las irritaciones de estos, condición indispensable para que los irritados puedan confiar en las intenciones y capacidades de quienes les representan.

Artículo tomado de EL PAÍS de España. Escrito por Daniel Innerarity, publicado el 1 de enero de 2017

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y profesor invitado en la Universidad de Georgetown. Su último libro es ‘La política en tiempos de indignación’.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Donald Trump: ¿el fin de la “globalización feliz”?

El reciente triunfo de Donald Trump en la elección presidencial de los Estados Unidos ha sido un verdadero electroshock político, no solo por su estilo radical de discutir y argumentar sus propuestas sino también por el giro inimaginable en el terreno de las ideas económicas, para alguien miembro de un partido conservador como el Republicano. En particular, nos referimos  a su discurso proteccionista y la crítica al proceso de globalización hasta aquí alcanzado. Proceso que se ha desarrollado como una apertura comercial (reducción de aranceles y eliminación de otras limitaciones al libre comercio) y liberalización de los movimientos de capitales.

Para Estados Unidos la libertad de comercio ha significado, entre otras cosas, una deslocalización  de empresas y de empleo, en particular  hacia México y China; es decir, donde existen salarios bajos y mano de obra bien formada, con lo que producen una parte importante para el mercado mundial. Todo lo cual ha creado una desindustrialización en el Medio Oeste del país, la que ha perdido más de la mitad de sus empleos industriales en treinta años, con un empobrecimiento de asalariados blancos, y que tradicionalmente en su mayoría votaban por el Partido Demócrata y ahora lo hicieron por Trump.

Hoy en día las grandes cadenas de producción industrial están fragmentadas e instaladas en varios países, esto ocurre en la economía estadounidense y también en la europea. Este es un dato de la realidad económica mundial desde hace veinte años. Gracias a ello también es necesario recordar la aparición de las economías emergentes de Asia y parcialmente de América Latina, que les ha permitido a algunos de sus países acortar la brecha de ingreso con los países desarrollados.

La propuesta  de Trump para abordar este tema es, primero, colocar un impuesto de 45% a las importaciones chinas (donde no se respetaría la propiedad intelectual y se manipula el tipo de cambio) y 35% a las importaciones de automóviles  mexicanos. Además, expulsar la inmigración sin papeles tanto mexicana como de otros países y que en su inicio tenía como meta 11,5 millones para el periodo de 10 años.

La segunda propuesta es una revisión o revocación de los acuerdos comerciales asumidos por Estados Unidos. En cabeza de la lista está el Nafta firmado en 1994 por Bill Clinton y que reúne a Estados Unidos, Canadá y México. Recientemente Trump volvió a reafirmar que no se ratificaría el Tratado Comercial con la zona Pacífico (TPP); se congelaría la iniciativa del tratado comercial de Estados Unidos y la zona Europea. Más aún, se propone, si fuera necesario, salirse de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y que en una época fuera la principal promotora del libre comercio al nivel multilateral.
La paradoja es que el retiro de Estado Unidos del TPP abre hoy la vía a China para recomponer sus alianzas. Después de 8 años de discusión, el TPP llegó a representar un tratado comercial de última generación, donde la reducción de aranceles no era lo central, pues todos los concurrentes tenían por esta vía ya una baja protección. Más bien lo que se buscaba  era abrir los temas de las barreras no tarifarias, es decir, concentrarse en los temas que se juegan al interior de las fronteras nacionales, como la propiedad intelectual, el Código del Trabajo, el medio ambiente, y lo más escabroso: el uso de tribunales privados para dirimir litigios entre los Estados y las empresas multinacionales.

Respecto al abandono del Tratado Comercial con la zona Pacífico (TPP) compuesto para 12 países, que representan un tercio del intercambio comercial mundial, se inspiró en su origen en una visión geopolítica del gobierno de Obama que tenía por objeto elevar los estándares de comercio a China, a fin de limitar a futuro que ella  fije las reglas del comercio mundial.

La paradoja es que el retiro de Estado Unidos del TPP abre hoy la vía a China para recomponer sus alianzas. Después de 8 años de discusión, el TPP llegó a representar un tratado comercial de última generación, donde la reducción de aranceles no era lo central, pues todos los concurrentes tenían por esta vía ya una baja protección. Más bien lo que se buscaba era abrir los temas de las barreras no tarifarias, es decir, concentrarse en los temas que se juegan al interior de las fronteras nacionales, como la propiedad intelectual, el Código del Trabajo, el medio ambiente, y lo más escabroso: el uso de tribunales privados para dirimir litigios entre los Estados y las empresas multinacionales.

Ahora bien, ¿cuántas de estas propuestas planteadas por Trump son posibles de realizar? La subida de aranceles para México (80% de las exportaciones de México están destinadas a los Estados Unidos) y China supone un aumento de precios internos para Estados Unidos y represalias comerciales de los países afectados. ¿Iniciar una guerra comercial cuando el flujo de comercio exterior al nivel mundial pasa por sus más bajos niveles de crecimiento? ¿Por qué una revisión de los tratados o revocación de algunos o congelación de otros en curso tendría la aprobación del Senado de los Estados Unidos donde existe una mayoría del Partido Republicano que siempre ha estado a favor del libre comercio? Las respuestas a estas interrogantes solo podrán resolverse a partir del momento en que Trump asuma el ejercicio pleno como presidente, el 20 de enero del próximo año.

Sin embargo, el mérito del triunfo electoral de Trump es que por primera vez quedó en evidencia que una parte no menor de la ciudadanía norteamericana se siente excluida de los beneficios de la globalización y es crítica de ello. Hoy hasta el FMI llama a tener en cuenta los “efectos negativos” de la globalización. Esos efectos son muy conocidos, cuando no se toman medidas correctivas, pues con ellos se acrecientan las desigualdades y los sectores que crean más empleo son aquellos que pagan salarios más bajos (situación actual del mercado del trabajo estadounidense).

No obstante, ciertos países logran mejor que otros  protegerse de los efectos negativos de la globalización. Existe consenso de que ellos son los países escandinavos, todos los cuales están entre los más abiertos al comercio mundial, y son los que mejor enfrentan tales efectos. Se trata, en el fondo, de países que redistribuyen los frutos de la globalización por los impuestos y los servicios públicos. No es casualidad que en Estados Unidos los gastos públicos representen alrededor del 37% del PIB, contra más del 50% en los países escandinavos.

¿Cómo saber si estoy realmente enamorado? Parte II


—O quizá no ha perdido usted el juicio: lo ha recuperado. Cuando se ama de verdad se está dispuesto a todo "Amarás a Dios sobre todas las cosas" que es, según veo, su situación actual. No anteponga ningún amor a este, y verá como se aclaran las cosas. Si después de asimilar y comprender aquello, si después de entender que hay un Amor más grande al que todos los demás están supeditados, cree que el amor que siente hacia esa mujer le hace sentir en comunión con el Magnánimo, entonces es amor verdadero.

—Profesor, ya le dije que es así. Lo siento en el corazón pero no lo puedo explicar. Por eso usted es el profesor, ¿no?

—Bueno, ahora que sabe que está usted totalmente enamorado, debería irse a descansar. Estas no son horas de llamar a a hacer preguntas retóricas. Qué descanse joven.

—Gracias profesor. Hasta mañana.

Y Daniel se durmió con la certidumbre de una nueva vida.