martes, 9 de mayo de 2017

La anti-biblioteca

Artículo escrito por Carlos Mauricio Vega en El Espectador de Colombia. Preludio al Paraiso se permite replicar este artículo publicado en la versión web del Espectador de Colombia. 
Trata fundamentalmente sobre los libros y los enemigos que ha comenzado a granjearse el libro físico e impreso, entre aquellos que prefieren los e-books y los PDF en tablet sobre el papel tradicional. Una triste historia.

 

La anti-biblioteca


Ayer se terminó la Filbo oficialmente, aunque las historias que allí se tejieron seguirán viviendo. En este ensayo, el autor asegura que son más importantes los libros que están en una biblioteca y no se han leído que los leídos.

Una amiga mía, que ese día casi deja de serlo, me dijo hace unos años: “¡Pero para qué tienes tanto libro! Esto es antiecológico: cuántos bosques… Y es egoísta. Deberías regalarlos, hacerlos circular, que otra gente los lea… que otros aprendan. ¿Para qué los guardas? Son cosas del pasado. Están en vía de extinción. No hacen sino estorbo. Todo ese papel que tienes ahí te cabe en una tablet. Deberías llevarlos a las bibliotecas de los barrios pobres, al Tunal, a Suba, a Barrancas, qué sé yo”.

(Como si los libros fueran sobras de caridad para los así llamados pobres, cosas inútiles que a los autodenominados ricos, esos pobres de espíritu, ya no les sirven ni como decoración. Como si los tales pobres no tuvieran derecho a leer en libros nuevos).

Estaba descubriendo una casta moderna, heredera de Fahrenheit 451: los librofóbicos. Entre ellos se cuentan los amantes del PDF y del ebook. Gentes que siempre están lidiando con el reflejo del sol en una pantallita, al borde de una piscina, mientras yo paso una página mojándome el dedo. Y los enemigos de los libros físicos (que no de los textos). Los médicos, por ejemplo: no guarde ese montón de papel, no es salubre. Acumula ácaros, hongos. Y datos inútiles, trivia. Bótelos. Y los arquitectos: ya no hay espacio para desperdiciar, no le caben esas bibliotecas. Véndalas en OLX. Y hasta los editores: no me traiga esas ideas tan profundas. Hay que producir libros que se vendan, no que se lean: sagas para adolescentes, coaching, booktubers, transcripciones de entrevistadores radiales: pulp reality. Libros que roten rápido, que no ocupen espacio en bodega. Que puedan imprimirse por demanda. Y están también los que ya no leen, o nunca leyeron: los que consideran que es inútil leer, pues todo el conocimiento, desde el maquillaje y la mecánica hasta las cirugías cerebrales, pronto estará al alcance de todo el mundo en tutoriales de Youtube: “Hola amigos, soy Perencejo, su profesor de medicina, y en el día de hoy quiero enseñarles con este maniquí una trepanación en cuatro sencillos pasos”.

Me replanteé la pregunta-decreto de mi amiga frente a los ríos humanos que inundan la Feria del Libro en Bogotá. Seiscientas mil personas. Colapsan Transmilenio y Uber. Familias, novios, colegios, estudiantes, grupos que consumen algodón de dulce y maíz dulce mientras balancean los pies, sentados en el borde de la fuente. Es imposible caminar por los pasillos. A la gente hay que echarla a las 10 de la noche.

Todos salen con cara de ponqué y llenos de paquetes. ¿Estos serán de los que leen 0,83 libros al año? ¿O estoy frente al 9 % que lee un libro al mes? A lo mejor no son lectores: tal vez bibliómanos, o bibliópatas, acumuladores de objetos de papel que jamás abrirán. ¿Paseantes con un paisaje de tomos? No lo creo.

Ese pensamiento me llevó a la estocada final de mi amiga. “¿Usted sí se ha leído todos esos libros?”.

(Claro que no. No me alcanzarían tres vidas para leerlos. Algunos los leí y tal vez los olvidé. Otros me esperan desde un pasado muy remoto, de cuando los pliegos se encuadernaban sin cortar para ser abiertos por primera vez con un cortapapeles, como si fueran cartas. Otros los leí parcialmente y los anoté. Y otros —muy pocos— los tengo aparte para releerlos una y otra vez. De hecho, cada vez leo menos libros nuevos y releo más).

Atiné a decir que la biblioteca era mi instrumento de trabajo, una extensión de mi cerebro, como una silla de barbero para chismosear con innúmeros autores. “Pero para eso están internet, Wikipedia, Googlebooks, Kindle, Amazon. Vives en el pasado. Apuesto a que crees que internet se termina en Wikipedia”.

Esta parte del sermón es la posmoderna. “Para qué los conservas. Van a desaparecer. Tienen menos de 20 años de vida. Son antiecológicos, caros, antimodernos. Yo, por ejemplo, tengo este Kindle. A donde quiera que vaya llevo conmigo la biblioteca de Babel. Todos los libros que yo quiera”.

Sí, pero cómo hace para verlos. Para distinguirlos, en esa marea de publicidad y sugerencias de actualidad. ¿Puede usted mojar su Kindle, como un libro cuando se cae al agua, y luego dejarlo secar? ¿Puede seguir leyendo con las páginas onduladas y apelmazadas, de manera que queda profundamente suyo, infinitamente suyo, porque el accidente fue sólo suyo?

En una época había decoradores que se creían lectores y recetaban a sus clientes poner algunos libros en su sala o mesa de centro, porque eso le da “textura, atmósfera, carácter” a un espacio. “El decorador se creyó artista y luego volvió a ser decorador”, dice en uno de sus escolios Nicolás Gómez Dávila. Aunque se refería a los pintores.

Y había trabajadoras domésticas (sí, domésticas, esa versión colombiana de la esclavitud) que alineaban los libros de sus amos en orden de estatura, como niños de colegio… y los dueños de esos hogares oscuros permitían ambas cosas, y es porque en los días de su vida abrieron esos libros…

Pero con la llegada del mundo digital se volvió de mal gusto leer. O por lo menos leer en papel. Si usted saca su tablet o su smartphone, digamos, en una sala de espera, o si lo dejan hablando solo en reunión de negocios, parecerá muy ocupado, aunque sólo esté jugando Tetris.

Es como si no pudiéramos estar libres, desatados, a solas con nosotros mismos, ni un milisegundo.

Se me vino a la cabeza esa escena de La máquina del tiempo, de Herbert George Wells, en donde el viajero se detiene en un jardín del futuro ante la ruina oscura de la biblioteca municipal. Huyendo de los iletrados habitantes, nuevos salvajes, se refugia en ella, como en la cueva de Platón: alegoría de la alegoría. Adentro, en unos anaqueles ruinosos reposan unas sombras, unos colgajos, unos patéticos cadáveres de celulosa llenos de una sustancia negruzca derivada de lo que alguna vez fue tinta. Completamente ilegibles. “Ah sí, yo vi la película”, dijo mi amiga.

No quise argumentar más ante mi pugnaz crítica, aunque hubiera podido añadir a mis débiles argumentos que muchas de las joyas que atesoro no se consiguen (aún) en Google Books, como las revistas Pan, de Enrique Uribe White, o los ensayos de Hernando Téllez o las ediciones de la Biblioteca Aldeana que dirigía Daniel Samper Ortega. Me callé. Me callé durante algunos años. Hasta que otra voraz lectora y bibliómana, que mantiene en su apartamento de Berlín un asilo de libros huérfanos en varios idiomas, me presentó a Nassim Nicholas Taleb, un matemático, financista y escritor libanés dedicado a la filosofía de lo improbable. Su texto El cisne negro, de 2007, vino en mi auxilio. “Los libros leídos son de lejos los menos valiosos de una biblioteca. Los importantes son los que aún no has leído”, dice Taleb. Y se apoya en Umberto Eco y su biblioteca de 30.000 volúmenes reunida en una vida de exploración e intuición mezcladas con rigor investigativo. “Eco —dice Taleb— dividía a sus visitantes en dos categorías, los que reaccionaban con un ‘signore professore dottore Eco, ¡qué biblioteca tiene usted! ¿Cuántos de estos libros se ha leído?’, y los otros, una minoría, que entendían que una biblioteca privada no es un apéndice de un ego inflado sino una herramienta de investigación. Los libros leídos son de lejos menos valiosos que los aún por leer. La biblioteca debe contener mucho más de todo aquello que uno no sabe. A medida que uno se hace viejo y acumula más conocimiento, más libros sin leer te mirarán amenazadoramente desde las estanterías. Cuanto más sabes, más larga la fila de libros por leer. Llamemos a esta colección de libros sin leer ‘la antibiblioteca’”.

Me doy cuenta de que los únicos que no son enemigos del libro son los libreros de viejo, porque libreros como Buchholz ya no volverá a haber. Libreros que investigan dónde comprar una biblioteca de alguien que murió. Libreros como los de San Librario, abogado de imposibles, que viajan a Cuba a traer a precio de huevo libros preciosos de la época en que se alfabetizó a toda la isla. Libreros que jamás podrían leer todo aquello que compran y clasifican como recicladores de un gran basurero del saber.

Esa es la verdadera feria del libro y estos libreros son —aún— los amigos de los libros.

En la antiguamente elegante carrera 16 de Bogotá, donde estaba el restaurante Temel y el Gun Club, está Merlín, un laberinto infinito de entrepisos y salas, un trasunto bogotano de la biblioteca modular que Borges y Eco trazan en sus ficciones. Un entramado de antiguas edificaciones, devaluadas por las migraciones urbanas, en donde es posible encontrar todo aquello que el gran ojo de Google aún no escanea.

A pocos pasos hacia el norte, en la esquina de la calle 16, está la antigua casa de Nicolás Gómez Dávila. Ahora aloja una de las más grandes librerías de segunda del país, La Torre de Babel. Entre los fantasmas del viejo y teniendo por asistente a una escultura de latón del Quijote, el librero Félix Burgos, exfilósofo y ex eterno estudiante de la Universidad Nacional, oficia su extraña pasión: tiene clasificados y a la venta más de 600.000 libros en los cuatro pisos de la enorme casona republicana.

Es curioso que en la casa del viejo aforista, donde estaba su escogida biblioteca de 30.000 volúmenes —él no leía traducciones, y por eso sufría ante los clásicos rusos— se acumule ahora 20 veces esa cantidad. “El tiempo destaca la desigualdad entre los libros con una implacable crueldad”, sentenció en uno de sus Nuevos escolios a un texto implícito. El mismo tiempo se encargó de castigarlo por su certero aforismo.

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