miércoles, 14 de diciembre de 2016

Donald Trump: ¿el fin de la “globalización feliz”?

El reciente triunfo de Donald Trump en la elección presidencial de los Estados Unidos ha sido un verdadero electroshock político, no solo por su estilo radical de discutir y argumentar sus propuestas sino también por el giro inimaginable en el terreno de las ideas económicas, para alguien miembro de un partido conservador como el Republicano. En particular, nos referimos  a su discurso proteccionista y la crítica al proceso de globalización hasta aquí alcanzado. Proceso que se ha desarrollado como una apertura comercial (reducción de aranceles y eliminación de otras limitaciones al libre comercio) y liberalización de los movimientos de capitales.

Para Estados Unidos la libertad de comercio ha significado, entre otras cosas, una deslocalización  de empresas y de empleo, en particular  hacia México y China; es decir, donde existen salarios bajos y mano de obra bien formada, con lo que producen una parte importante para el mercado mundial. Todo lo cual ha creado una desindustrialización en el Medio Oeste del país, la que ha perdido más de la mitad de sus empleos industriales en treinta años, con un empobrecimiento de asalariados blancos, y que tradicionalmente en su mayoría votaban por el Partido Demócrata y ahora lo hicieron por Trump.

Hoy en día las grandes cadenas de producción industrial están fragmentadas e instaladas en varios países, esto ocurre en la economía estadounidense y también en la europea. Este es un dato de la realidad económica mundial desde hace veinte años. Gracias a ello también es necesario recordar la aparición de las economías emergentes de Asia y parcialmente de América Latina, que les ha permitido a algunos de sus países acortar la brecha de ingreso con los países desarrollados.

La propuesta  de Trump para abordar este tema es, primero, colocar un impuesto de 45% a las importaciones chinas (donde no se respetaría la propiedad intelectual y se manipula el tipo de cambio) y 35% a las importaciones de automóviles  mexicanos. Además, expulsar la inmigración sin papeles tanto mexicana como de otros países y que en su inicio tenía como meta 11,5 millones para el periodo de 10 años.

La segunda propuesta es una revisión o revocación de los acuerdos comerciales asumidos por Estados Unidos. En cabeza de la lista está el Nafta firmado en 1994 por Bill Clinton y que reúne a Estados Unidos, Canadá y México. Recientemente Trump volvió a reafirmar que no se ratificaría el Tratado Comercial con la zona Pacífico (TPP); se congelaría la iniciativa del tratado comercial de Estados Unidos y la zona Europea. Más aún, se propone, si fuera necesario, salirse de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y que en una época fuera la principal promotora del libre comercio al nivel multilateral.
La paradoja es que el retiro de Estado Unidos del TPP abre hoy la vía a China para recomponer sus alianzas. Después de 8 años de discusión, el TPP llegó a representar un tratado comercial de última generación, donde la reducción de aranceles no era lo central, pues todos los concurrentes tenían por esta vía ya una baja protección. Más bien lo que se buscaba  era abrir los temas de las barreras no tarifarias, es decir, concentrarse en los temas que se juegan al interior de las fronteras nacionales, como la propiedad intelectual, el Código del Trabajo, el medio ambiente, y lo más escabroso: el uso de tribunales privados para dirimir litigios entre los Estados y las empresas multinacionales.

Respecto al abandono del Tratado Comercial con la zona Pacífico (TPP) compuesto para 12 países, que representan un tercio del intercambio comercial mundial, se inspiró en su origen en una visión geopolítica del gobierno de Obama que tenía por objeto elevar los estándares de comercio a China, a fin de limitar a futuro que ella  fije las reglas del comercio mundial.

La paradoja es que el retiro de Estado Unidos del TPP abre hoy la vía a China para recomponer sus alianzas. Después de 8 años de discusión, el TPP llegó a representar un tratado comercial de última generación, donde la reducción de aranceles no era lo central, pues todos los concurrentes tenían por esta vía ya una baja protección. Más bien lo que se buscaba era abrir los temas de las barreras no tarifarias, es decir, concentrarse en los temas que se juegan al interior de las fronteras nacionales, como la propiedad intelectual, el Código del Trabajo, el medio ambiente, y lo más escabroso: el uso de tribunales privados para dirimir litigios entre los Estados y las empresas multinacionales.

Ahora bien, ¿cuántas de estas propuestas planteadas por Trump son posibles de realizar? La subida de aranceles para México (80% de las exportaciones de México están destinadas a los Estados Unidos) y China supone un aumento de precios internos para Estados Unidos y represalias comerciales de los países afectados. ¿Iniciar una guerra comercial cuando el flujo de comercio exterior al nivel mundial pasa por sus más bajos niveles de crecimiento? ¿Por qué una revisión de los tratados o revocación de algunos o congelación de otros en curso tendría la aprobación del Senado de los Estados Unidos donde existe una mayoría del Partido Republicano que siempre ha estado a favor del libre comercio? Las respuestas a estas interrogantes solo podrán resolverse a partir del momento en que Trump asuma el ejercicio pleno como presidente, el 20 de enero del próximo año.

Sin embargo, el mérito del triunfo electoral de Trump es que por primera vez quedó en evidencia que una parte no menor de la ciudadanía norteamericana se siente excluida de los beneficios de la globalización y es crítica de ello. Hoy hasta el FMI llama a tener en cuenta los “efectos negativos” de la globalización. Esos efectos son muy conocidos, cuando no se toman medidas correctivas, pues con ellos se acrecientan las desigualdades y los sectores que crean más empleo son aquellos que pagan salarios más bajos (situación actual del mercado del trabajo estadounidense).

No obstante, ciertos países logran mejor que otros  protegerse de los efectos negativos de la globalización. Existe consenso de que ellos son los países escandinavos, todos los cuales están entre los más abiertos al comercio mundial, y son los que mejor enfrentan tales efectos. Se trata, en el fondo, de países que redistribuyen los frutos de la globalización por los impuestos y los servicios públicos. No es casualidad que en Estados Unidos los gastos públicos representen alrededor del 37% del PIB, contra más del 50% en los países escandinavos.

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