miércoles, 28 de junio de 2017

Al poeta Héctor Escobar se lo llevó 'El Diablo'


La última vez que vi a Héctor Escobar Gutiérrez estaba en una silla de ruedas. Verlo así me causó impacto. Guardé silencio y durante segundos no pude decir mayor cosa. Adentro, desde el fondo de su casa en Providencia, un barrio tradicional de Pereira, Soley Salazar, la ‘mona’, su compañera fiel, me estiraba la mano derecha en señal de que siguiera hacia el interior de la mística casa.

Hasta allá llegamos con el grupo de estudiantes del programa de Comunicación Audiovisual y Multimedios de la Fundación Universitaria del Área Andina, integrantes del Proyecto ‘Pereira 150 líderes’, quienes habían seleccionado el nombre de Escobar Gutiérrez, a quien conocían más como ‘El Diablo’, más como uno de los personajes influyentes de Pereira y del país.

A los jóvenes realizadores, conocer a ‘El Diablo’ en vivo y en persona, les llamaba la atención. Meses atrás me habían manifestado su interés de grabar al poeta, al sonetista y poder compartir con él algunos minutos.

Sentían curiosidad de saber cómo este pereirano que solo estudió hasta segundo de primaria en el colegio público Deogracias Cardona, se convirtió en profesor de filosofía, en un reconocido poeta y sobre todo, como fue proclamado como el Papa Negro luego de que fundó en esta ciudad el Santuario Tántrico de Suramérica, un lugar para venerar al diablo.

Arribamos a su casa hacia las 2:30 de la tarde en un día entre semana cuando el sol picaba más duro. Iban Luisa Monsalve, Jaime Andrés Villa, Manuel Loaiza y Jonathan Vargas.

Escobar estaba en su alcoba, sentado en su cama, un recinto oscuro, cerrado, donde el aire y la respiración se sentían. El lugar estaba decorado con un nochero, una cama muy delgada y en las paredes cuadros e imágenes con puntas colgadas que aludían al satanismo.
Jonathan y Manuel miraban con atención cada detalle, fijaban sus ojos en cada pequeño rostro tallado que había en la habitación. Jaime Andrés dijo en seco que el lugar no servía para grabar, que estaba oscuro.

De inmediato decidimos trabajar afuera en el comedor, donde la luz entraba desde lo alto de la casa. Manuel le dijo a Escobar que había que sacarlo. Escobar le respondió que ese sería un problema nuestro, que salir del sitio era un lío. Sin reparo, Manuel le dijo que lo cargaría y Escobar no se opuso. El joven lo tomó por la cintura y lo alzó hasta la silla. Luego procedimos a sacarlo. Tomamos la silla, una parte de los costados y la otra de las ruedas y lo alzamos hasta llevarlo al comedor.

Sus ojos y un poema

Ya afuera, le vimos el rostro blanco, sus ojos hundidos y sentimos su voz gruesa, honda y pausada. Por instantes lo volví a ver, así como fue siempre: altivo, seguro e interesante. Para muchos soberbio pero para otros: culto, serio e irónico…Ese era Escobar, el mismo que apareciera en el cortometraje ‘El Papa Negro’ dirigido por Diego Alejandro Espinosa Alzate; el mismo que durante décadas fuera portada de revistas y de periódicos donde se proclamaba como promotor del satanismo en el mundo y el mismo que fuera invitado por monseñor Darío Castrillón Hoyos a dar una charla sobre satanismo a la congregación de sacerdotes de Risaralda.

El escritor Gustavo Colorado, en su texto Cara a cara con El Diablo, recordó que Escobar no pudo participar como invitado especial en el I Congreso Mundial de Brujería, que se realizó en Bogotá en 1975. Unos sacerdotes –relató el escritor- que se encargaron de seguir de cerca el curso del evento, fueron quienes se opusieron a la presencia de Escobar.

Aunque no pudo estar en el Congreso, el poeta sí fue quien ofició la primera misa negra en Pereira. Escobar siempre aclaró que era satanista y no satánico. Es más, rechazaba los sacrificios y los actos vandálicos que se hacen en nombre del diablo.

Colorado también narró que en alguna ocasión Escobar fue acusado en una inspección de Policía por un hombre con el que se reunió en varias ocasiones y que sufrió desordenes emocionales. Lo sindicó de haberle robado el alma. Y en otras, investigadores de la Policía visitaron la casa de El Diablo tratando de establecer conexiones entre algunos delitos rodeados de características especiales y él.
En el espacio de la sala, Luisa acomodó algunas imágenes, movió cerámicas, ajustó algunos cuadros y levantó varios de sus poemarios. Los demás encendieron las cámaras, abrieron sus trípodes y verificaron el sonido. Escobar desenfundó un cigarrillo y la ‘mona’, desde lejos, le reprochó que fumara. Escobar lanzó humo una primera vez, luego dos, después tres y se acomodó en la silla con esa vanidad que siempre lo caracterizó. Dominaba la escena, se sentía tranquilo, dispuesto a responder. “Pereira es una ciudad muy especial por sus expresiones artísticas, porque es una ciudad en crecimiento, y porque a través de ella he descubierto y me he dado cuenta que Pereira es la ciudad que necesito para darle curso a mi obra. Yo entiendo por Pereira, que es un espacio para soñar, un espacio para recorrerlo, para identificarlo en cada uno de mis poemas”, respondió.

Minutos después le pedimos que leyera uno de sus poemas y la ‘mona’, desde la distancia, dijo que ya no podía, que a raíz del derrame cerebral no podía leer. Entonces Escobar señaló hacia la mesa donde estaba un disco compacto y dijo que de allí podíamos extraer algún fragmento de sus sonetos y así lo hicimos: “si de tanto estar vivo es que se muere / si de tanto querer es que se olvida / ¿Dónde estará la gracia prometida que nos hará sentir que un Dios nos quiere?”. Ese era Escobar, el lírico, el preocupado por la métrica milimétrica, el escritor disciplinado reseñado en otros países, leído en la maestría de Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira y consultado en el sector académico.
Un provocador que animó desde sus letras y su actitud a grupos de metal de la ciudad que hoy triunfan en Europa y en los Estados Unidos; merecedor de un perfil literario que lograra con acierto Juan Miguel Álvarez para El Malpensante, un hombre que abrió el camino de la poética en varios de los jóvenes de la ciudad que se lanzaron a escribir y que replicaron con orgullo su forma de ver la vida. Amigo de intelectuales, de gente adinerada que lo apoyó siempre, de lectores que siguieron su obra.

Al terminar, los realizadores levantaron sus equipos, se despidieron de él y Escobar apenas alzó la mano, no dijo nada, sólo se llevó un nuevo cigarrillo a la boca. Escobar dejó la tierra y quién sabe dónde está, quizá se lo llevó el diablo. Lo despidieron sus amigos el domingo 19 de octubre en el cementerio La Ofrenda. Queda leer sus 10 libros de sonetos y poemas  y recordarlo con el cabello hacia atrás, vestido de traje negro impecable, serio y buen amigo.

Escrito por, FRANKLYN MOLANO GAONA
Pereira

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